12 sept. 2014

Regresando

Todavía estoy ahí, ahí, casi por completo enfrentada a la normalidad que genera el nuevo curso escolar. Vuelve la rutina de las reuniones, el estrés de las entregas, el control del trabajo, las idas y venidas al cole y a las actividades de Vera, los cumpleaños, las compras extras... Mentalidad positiva ante todo!

Después de un tedioso periodo de descanso obligado por culpa de un esguince de rodilla que me mantuvo inmobilizada durante 1 mes (con escayola y todo), el día a día vuelve a ser eso, día a día. La recuperación es lenta. Cada día mejoro algo el movimiento de la pierna (a base de forzar y forzar), por lo que creo que ya queda menos para estar al 100% y hacer lo mismo que hacía antes del giro inesperado que me provocó la total concentración en el baile de fin de curso de la escuela de danza contemporánea. Vaya mala pata! Y qué pena no regresar a ese espacio de concentración semanal que tan bien me estaba viniendo para la mente y el cuerpo. Todo se andará!

Qué bien que se acuerden de una en la distancia, verdad? Pol me trajo de Berlin un set de preciosos recuerdos de su paso por esa maravillosa ciudad. Esa semana respirando aire nuevo (que no limpio), le dio suerte para los sucesivos días y encontró el trabajo que tanto tiempo llevaba esperando. Con ilusión nos enfrentamos a una nueva etapa laboral y familiar; intensa, no tensa. Y con la misma alegría recibí estos regalillos alemanes: postales, bolsa-bolso con piedra del muro de Berlin incluida.





















































No quiero hacer un resumen de todos estos meses sin escribir; pero sí destacar algunos momentos que me ha tocado vivir durante este tiempo. Ya sabeis que en Santiago el sol abunda poco y que el mal tiempo es más permanente de lo que debiera. Por lo que ese primer día de comida en la playa lo viví con intensidad. Y si a eso se le suma una reunión familiar con hermanos, padres y sobrinos, pues os podeis imaginar. Redondo que salió todo (bueno, la verdad es que redondo sería si la marea estuviese alta y no tan baja como para no poder nadar).

Esta puesta de sol también fue un regalo de este verano. En el puerto de Vilagarcía, tomando un refresquito con mi hermana y disfrutando de un momento de relajación y descanso. a esto pronto se acostumbra una, jeje.



























Y cómo no! Puse rumbo a mi Valencia de Alcántara para llenarme de sabor y de olor a pueblo. Pol no pudo acompañarnos esta vez y tanto Vera como yo le echamos de menos. No hizo tanto calor como se esperaba, pero en Santiago tampoco hizo tanto fresco como otros años. Todo estuvo compensado. Caminé, descansé, me relajé (lo justito), salí en la feria con algunos amigos, disfruté de la familia y del campo.
























































































Cómo decir que no a esta mezcla de colores, a esa luz de los primeros rayos de sol, a ese zumo de tomate natural recién exprimido, a ese precioso saludo campechano y natural de Varón y Perolín, a ese paisaje de secano... Es todo tan diferente... Me ayuda a descansar la cabeza y me olvido del ajetreo compostelano.

Y he dejado esta imagen para el final, para cerrar este capítulo. La imagen de una panadería del pueblo que sigue manteniendo su espíritu familiar y cercano; un lugar de reunión casi obligada aquellas madrugadas de agosto, antes de irno a casa o a las vaquillas para cerrar la feria... Qué rico sabía aquel pan recién cocido... mmm.